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1 de agosto de 2012

Algunas ideas sobre la deuda pública (1)


ANTONIO ARGANDOÑA, profesor de Economía.
Del 'Blog de Antonio Argandoña'.- He sufrido un ataque de profesoritis (ya saben, esa enfermedad de los profesores que, de repente, nos hace entrar en trance y dar una clase). Es sobre la deuda pública. 
Antonio Argandoña“Cada español deberá pagar no sé cuántos miles de euros para devolver nuestra deuda pública”, nos dicen los medios de comunicación de vez en cuando. No. La deuda pública no hay que devolverla. Bueno, a lo mejor hay que devolver una parte, pero no toda. Usted, lector, y yo sí que hemos de devolvernuestra deuda, porque tenemos una vida finita, y nadie nos prestará si sospecha que vamos a morir pronto, a no ser que dejemos garantías suficientes (una casa era una buena garantía, al menos hasta hace unos años), o un seguro de vida, o la firma de los hijos para que continúen pagando la hipoteca. El Estado no tiene ese problema, porque su vida es infinita: detrás de un gobierno vendrá otro, de modo que la continuidad está garantizada. Y ningún gobierno se negará a hacer frente a las deudas de su predecesor porque, en caso contrario, nadie le prestaría. En todo caso, el gobierno puede cobrar impuestos de sus ciudadanos, o sea, puede disponer de los ingresos necesarios para cumplir con sus obligaciones financieras. 
Es por ello que la deuda pública simplemente se refinancia. El gobierno recibe crédito (coloca, por ejemplo, deuda pública a tres años) y cuando esa deuda vence, emite nueva deuda para devolver la anterior. A esto me refería cuando decía que la deuda no hay que pagarla: cada emisión de deuda sirve para pagar una anterior (o para aumentar el endeudamiento, como hemos podido comprobar en los últimos años). 
Esto puede no funcionar, claro, si se pierde la confianza en esa deuda, esto es si se considera que el país puede ser insolvente (en eso consiste la crisis de la deuda soberana que tenemos ahora). En tal caso, el gobierno no conseguirá renovar el crédito y, entonces sí, se le exigirá que lo pague, como los bancos hacen con nosotros, los particulares. Y esto ocurre, precisamente, cuando el país está en peores condiciones para pagar su deuda. Pero la vida es así: también a nosotros los bancos nos persiguen para prestarnos cuando no necesitamos el dinero y nos persiguen para que lo devolvamos cuando no podemos devolverlo.
Intereses de la deuda
Lo que no debe dejar de hacer el país es pagar los intereses de la deuda. Lo mismo que nosotros: los bancos miran con más simpatía al deudor que paga puntualmente cada mes, porque de este modo el problema queda disimulado. ¿Podrá seguir pagando más adelante?, se pregunta el banco. No lo sé, contesta; por ahora va pagando, o sea que… sigamos así.
Si la proporción de la deuda pública sobre el PIB es baja, y no se espera que vaya a crecer en el futuro próximo, el gobierno no tendrá problemas para refinanciar su deuda, al menos como regla general. La crisis de la deuda soberana aparece cuando el porcentaje de deuda pública sobre PIB es muy alto, o cuando se espera que crezca mucho. Lo primero puede ser síntoma de mala gestión fiscal en el pasado: el gobierno gastó más de lo que ingresó durante mucho tiempo y, claro, su volumen de deuda creció (es el caso de Japón, de Italia o de Grecia). Lo segundo puede ser síntoma demala gestión fiscal reciente (el gobierno gasta más de lo que ingresa y no parece ser capaz de parar esta tendencia), o de falta de confianza de los mercados, que imponen tipos de interés muy altos (la famosa prima de riesgo) y, claro, si tienes que pagar un interés del 20 por ciento anual, a menos que tus ingresos crezcan más del 20 por ciento, tu marcha hacia la quiebra es imparable. Sospecho que el lector no se acaba de creer todo esto. ¡Sería tan bonito no tener que devolver la deuda!
La pregunta que ahora quiero plantearme es la siguiente: ¿Es la deuda pública una carga que imponemos sobre nuestros hijos? Pues… a veces sí, y otras no. Depende de a quiénes llamemos “nuestros hijos”.
Supongamos que España es un país cerrado, sin relaciones financieras con el exterior. Nuestra deuda pública es 100, y cada año hemos de pagar 5 de intereses. El gobierno tendrá que cobrar impuestos por valor de 5, de modo que, efectivamente, esos intereses son una carga para nosotros, los ciudadanos españoles, que hemos de sufrir esos impuestos. Pero esos intereses los cobramos también nosotros, los ciudadanos españoles, de modo que, como colectivo, la deuda no es una carga. Claro que esto puede provocar una redistribución de la renta, si son unos ciudadanos los que pagan los impuestos y otros los que cobran los intereses. Pero, insisto, como país, todo queda en casa.
Cuando la deuda la tenemos con los de fuera
El problema es diferente si la deuda está en poder de extranjeros, porque entonces somos nosotros, los españoles, los que sufrimos los impuestos, pero no cobramos los intereses, que van a parar al bolsillo de los extranjeros. Esta es, al menos, una parte del problema que sufrimos ahora: la parte (elevada) de nuestra deuda en poder de no españoles acaba suponiendo una transferencia de recursos hacia ellos: directamente, si son extranjeros los que poseen nuestra deuda, o indirectamente, si son nuestros bancos los que poseen esa deuda pero la financiaron con créditos en el exterior, cuyos intereses tienen que pagar (y, en algún momento, cuyo nominal tendrán que devolver).
¿Significa esto que endeudarse es una mala idea? No necesariamente. A veces la deuda es necesaria. Si el país sufre un terremoto, necesita hacer un gasto extraordinario para reconstruir las zonas devastadas, y esto exige endeudarse.
 Antonio Argandoña. Profesor de Economía y titular de la Cátedra "La Caixa" de Responsabilidad Social Corporativa y Gobierno Corporativo en el IESE-Universidad de Navarra. Doctor en Economía por la Universidad de Barcelona. Conferenciante, autor de numerosos libros y artículos y es titular del 'Blog de Antonio Argandoña'.

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"La información ya no tiene relevancia"

Estos últimos años se han hecho públicas informaciones de todo tipo que deberían haber dañado la estructura del Sistema hasta sus mismísimos cimientos y sin embargo la maquinaria sigue intacta, sin ni tan solo un arañazo superficial. Y esto pone de manifiesto un hecho extremadamente preocupante que está sucediendo justo ante nuestras narices y al que nadie parece prestarle atención. El hecho de que SABER LA VERDAD YA NO IMPORTA.

Parece increíble, pero los acontecimientos lo demuestran a diario. La información ya no tiene relevancia.

Nuestro cerebro se ha convertido en un drogadicto de la información rápida, en un yonqui ávido de continuos chutes de datos que ingerir, a poder ser pensados y analizados por cualquier otro cerebro, para no tener que hacer el esfuerzo de fabricarnos una compleja y contradictoria opinión propia. Porque odiamos la duda, pues nos obliga a pensar, ya no queremos hacernos preguntas, solo queremos respuestas rápidas y fáciles. Somos y queremos ser antenas receptoras y replicadoras de información, como meros espejos que rebotan imágenes externas, pero los espejos son planos y no albergan más vida en ellos que la que reflejan proviniendo del exterior.

Para emprender una transformación profunda de nuestro mundo, para iniciar una auténtica Revolución que lo cambie todo y nos lleve a una realidad mejor, deberemos descender hasta las profundidades de nuestra psique, hasta la sala de máquinas, donde están en marcha todos los mecanismos que determinan nuestras acciones y movimientos. Ahí es donde se está dirimiendo la auténtica guerra por el futuro de la humanidad. Nadie nos salvará desde un púlpito con brillantes proclamas y promesas de una sociedad más justa y equitativa, nadie nos salvará sólo contándonos la supuesta verdad, ni desvelando los más oscuros secretos de los poderes en la sombra.

Es pura lógica: No hay revolución posible sin una transformación profunda de nuestra psique a nivel individual, porque nuestra mente está programada por el Sistema. Y por lo tanto, para cambiar ese Sistema que nos aprisiona, antes debemos desinstalarlo de nuestra mente.

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“Con la comida que se tira podrían alimentarse 2.000 millones de personas”

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