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10 de julio de 2012

El miserable debate europeo en el Parlamento

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Hacen falta precisiones, calendarios, objetivos. Si el presidente no los explica, la oposición debe interrogarle


Los debates en el Parlamento español sobre las cumbres europeas han sido tradicionalmente sucesos sin la menor importancia ni valor, mayoritariamente ignorados por los ciudadanos. Meros trámites en los que ni el Gobierno ni la oposición discutían realmente de Europa, sino en los que se reproducía el enfrentamiento ritual. El próximo día 11, en que el presidente del Gobierno comparece para dar cuenta de lo ocurrido en el Consejo Europeo del 28 y 29 de junio, podría ser una ocasión para acabar con esa miseria.
Primero, porque la cumbre ha anunciado pasos que pueden ser decisivos, si es que terminan por realizarse en un plazo razonable, para la consolidación del euro, las atribuciones del BCE, la gestión de las deudas soberanas o las iniciativas para promover el crecimiento. Segundo, porque debido a las dramáticas características de la crisis en España, esos mismos ciudadanos parecen ser hoy mucho más conscientes de la importancia de lo que ocurre en la UE y de la posición que mantenga el Gobierno dentro de ella.
El Parlamento español, que ya sufre un serio desprestigio por su incapacidad para conectar con las preocupaciones y exigencias de los ciudadanos, como la investigación de la crisis bancaria, hace frente a un momento clave. Convertir, como en otras ocasiones, este debate en una simpleza o en una tribuna desde la que distraer a los ciudadanos de cosas realmente trascendentes para nuestra democracia y para nuestro futuro aumentaría el grado de desasosiego de una sociedad ya muy desconfiada con sus políticos.
En los resúmenes de prensa de los diputados hay mucho extracto de tertulias y poco artículo traducido sobre la UE
La primera responsabilidad es la de Rajoy, que debe dar una explicación minuciosa de los acuerdos alcanzados, de los calendarios, de su propia posición y de los pasos que, en su opinión, es preciso dar en las semanas venideras, junto con los apoyos que espera lograr para avanzar en el camino que mejor le conviene a la UE en su conjunto y a España en particular.
No bastará con que lea las conclusiones de la cumbre y dé cuatro pinceladas para tratar de poner en valor su propia intervención, como ya ha ocurrido en demasiadas ocasiones. Menos aún si cuela de rondón nuevos recortes que deberían haber sido objeto de un debate sobre el estado de la nación. Esta vez, el presidente del Gobierno debe tomarse mucho más en serio la explicación de lo que está haciendo él y su Gobierno en la UE, de lo que está ocurriendo en la Unión y de las consecuencias que todo ello tiene para la marcha económica del país. Sobran las ocurrencias, y esta vez la oposición debería ser capaz de explicar detalladamente en qué coincide, en qué discrepa y por qué. Cuáles son los peligros que vislumbra en el camino europeo y cuáles sus propuestas para esquivarlos. Sobran también ahí las obviedades.
La pobreza del debate europeo en el Parlamento viene de lejos. Desde que se decidió que los presidentes no tenían que ir al Congreso antes de las cumbres, sino después, como si escuchar previamente las posiciones de los distintos grupos, como hace, por ejemplo, Angela Merkel, no enriqueciera su posición en Bruselas, sino que la pusiera en peligro.
La miseria de la discusión sobre Europa, sobre las ventajas y desventajas que nos acarrean los avatares de su funcionamiento, no ha hecho más que acentuarse, justo cuando más patente era la necesidad de profundizarlo. No debe de haber sido ajena a todo ello la asombrosa ignorancia de que hacen gala muchos parlamentarios españoles sobre los mecanismos comunitarios y el nulo esfuerzo que han hecho sus partidos por proporcionarles la información necesaria para corregir ese analfabetismo. Basta con echar una ojeada a los resúmenes de prensa que los partidos envían a sus parlamentarios: mucho extracto de tertulias y raramente artículos traducidos o relacionados en extenso con la Unión.
Quedan muchas cosas por saber. Hacen falta precisiones, calendarios, objetivos. Si el presidente no los explica, la oposición debe interrogarle. Impedir que, una vez más, salgamos hartos de la mezquindad de un debate que debería ser esencial y que se nos presenta siempre como un mero asunto de negociado. 
solg@elpais.es

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"La información ya no tiene relevancia"

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Parece increíble, pero los acontecimientos lo demuestran a diario. La información ya no tiene relevancia.

Nuestro cerebro se ha convertido en un drogadicto de la información rápida, en un yonqui ávido de continuos chutes de datos que ingerir, a poder ser pensados y analizados por cualquier otro cerebro, para no tener que hacer el esfuerzo de fabricarnos una compleja y contradictoria opinión propia. Porque odiamos la duda, pues nos obliga a pensar, ya no queremos hacernos preguntas, solo queremos respuestas rápidas y fáciles. Somos y queremos ser antenas receptoras y replicadoras de información, como meros espejos que rebotan imágenes externas, pero los espejos son planos y no albergan más vida en ellos que la que reflejan proviniendo del exterior.

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