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14 de mayo de 2013

Subsidios al desempleo: otro engaño neoliberal



10 de mayo de 2013  - Juan Torres López



Publicado en Sistema Digital el 9 de mayo de 2013
Una de las ideas más combativas del neoliberalismo, y de las que más han influido en la política de los gobiernos, es la que afirma que aumentar en cantidad o en extensión los subsidios al desempleo es algo muy negativo a la hora de combatir el paro.
Los dos principales argumentos que se dan en este sentido los expone con su claridad de siempre Richard Posner, un conocido jurista liberal estadounidense experto en cuestiones económicas (Against Extending Unemployment Benefits).
El  primero es que los subsidios a los desempleados aumentan el coste de oportunidad de reincorporarse al mercado laboral para los parados que los reciben. Cuando son muy generosos, afirma, “la diferencia de bienestar entre trabajar y no hacerlo es tan pequeña que la gente no busca trabajo seriamente hasta que la prestación está a punto de agotarse”. Por eso concluye Posner que “extender o aumentar las prestaciones, en vez de estimular la creación de empleo, probablemente la desincentive, ralentizando la marcha de la recuperación económica”.
El segundo argumento que utiliza contra los subsidios de desempleo es que la transferencia de dinero que se hace a los parados no tiene por qué tener un efecto neto positivo en el consumo o la inversión, porque eso depende de lo que el receptor de la prestación haga con ella. Si la mantiene en efectivo o la guarda en un banco que dedica ese fondo a comprar bonos del Tesoro, o si con ella se compran bienes de inventario que los vendedores no reponen, no producirá ningún estímulo a la producción ni al empleo.
En conclusión, Posner, como casi todos los economistas neoliberales, rechaza este tipo de subsidios y solo los defiende como “prestación de garantía social”, pero incluso con muchas limitaciones porque considera que al concederse a cualquier desempleado no se discrimina entre quienes lo necesitan y quienes no. Una limitación importante en su opinión porque, según dice, no siempre se puede asumir que todos los desempleados tengan realmente dificultades económicas cuando están en paro. Pueden estarlo “porque su aptitud o adhesión al trabajo es efectivamente escasa” o “puede ser que tengan muchos ahorros o un cónyuge rico”.
No voy a negar que determinar con exactitud el efecto real de los subsidios al desempleo es algo complejo y que, por tanto, no se puede establecer taxativamente que sea uno u otro. Es cierto que la casuística es muy diversa y que la actitud hacia el empleo no es la misma en todos los seres humanos, ni en todas las condiciones laborales, ni en todos los momentos históricos, ni en todas las circunstancias sociales.

Pero es que quienes suelen ser taxativos a la hora de establecer y defender unas posiciones teóricas que de ninguna manera se ha demostrado que sea indiscutibles son precisamente los economistas neoliberales y los gobiernos que suscriben sus postulados.
El argumento del coste de oportunidad, por ejemplo, podría ser razonable pero deja de ser realista si se considera, como yo creo que debe hacerse, que entre los costes del desempleo hay algunos que no se toman en cuenta porque no es fácil expresarlos en términos monetarios y que, sin embargo, suelen ser justamente los más elevados. Los que tienen que ver con la autoestima, con el desarrollo personal o con la situación de las personas a más largo plazo.
El efecto negativo de los subsidios de desempleo sobre la búsqueda de trabajo tampoco está ni mucho menos claro ni se ha podido demostrar empíricamente. Todo lo contrario, diversos estudios han demostrado que apenas si influyen.
Así lo demuestra una investigación de Henry S. Farber y Robert G. Valletta publicada hace unos días por la Reserva Federal de San Franciso (Do Extended Unemployment Benefits Lengthen Unemployment Spells? Evidence from Recent Cycles in the U.S. Labor Market) u otra de 2011 realizada por Jesse Rothstein (Unemployment Insurance and Job Search in the Great Recession).
El primero de esos trabajos encuentra una pequeña pero estadísticamente significativa reducción en la tasa de salida del desempleo y un igualmente pequeño aumento en el periodo de desempleo asociados a aumentos en los subsidios, pero que no están provocadas porque disminuya el ritmo o la tasa de salidas del desempleo hacia el empleo como consecuencia de estos últimos, que es la tesis neoliberal. De hecho, la investigación demuestra que el ritmo de salidas del paro o su duración son similares en periodos en que los subsidios son más o menos generosos. Y en la segunda investigación que acabo de mencionar se demuestra que el efecto que podría tener un alza en los subsidios al desempleo sobre el nivel de paro es muy reducido, entre 0,2 y 0,6 puntos, como mucho.
Es cierto que en la literatura científica se encuentran análisis que pueden poner de relieve resultados contrarios, al partir de hipótesis diferentes. Pero, en todo caso, la conclusión que debe sacarse es que no es verdad, como quieren hacer creer los economistas neoliberales, que sea evidente que los subsidios al desempleo desanimen la búsqueda de empleo y repercutan negativamente sobre la creación de puestos de trabajo.
Y, por supuesto, tampoco lo es la crítica que se les hace aludiendo, como he señalado antes con palabras de Posner, a que la cantidad destinada a subsidios a las personas desempleadas no llegará a producir efectos reales sobre la producción y el empleo.
Es obvio que si los parados guardan el dinero que reciben en el colchón o lo depositan en bancos que no dediquen sus recursos a la inversión productiva su efecto sobre la demanda quedaría paralizado. Pero ¿es realista pensar que eso es lo que hacen la inmensa mayoría de las personas que reciben subsidios de desempleo? Puede que eso sea lo que ocurra con quienes reciben ayudas o pensiones millonarias, como la del recién dimitido consejero delegado del Banco de Santander, pero no parece que lo que habitualmente hagan con el subsidio de desempleo la inmensa mayoría de los parados sea algo distinto a gastarlo casi inmediatamente para hacer frente a sus necesidades primarias.
Por mucho que se intente hacer creer que el paro aumenta si los parados reciben ayudas muy generosas (que, además, nunca lo son), por el coste del despido o por el nivel de los salarios, lo cierto, y lo que más bien demuestran los estudios empíricos -como en el caso que acabo de analizar- es que los factores que pueden crear empleo y las causas de que se destruyan puestos de trabajo están en otro lugar y mucho más en una situación de crisis como la actual: en el mercado de bienes y servicios y en el mercado financiero. Hay paro porque hay escasez de ingreso y de demanda efectiva (en gran parte a consecuencia de la creciente desigualdad), y porque los bancos no proporcionan crédito a las empresas y familias.
Por tanto, reducir aún más los subsidios al desempleo o disminuir su extensión, como por una u otra vía se viene haciendo desde hace años siguiendo las indemostradas tesis neoliberales, no contribuye para nada a mejorar al empleo ni, en el caso actual, a salir de la crisis. Todo lo contrario, al reducir el ingreso disponible para el consumo la agudizan y la alargan mientras que, eso sí, aumentan las rentas y la riqueza de los propietarios de capital.

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"La información ya no tiene relevancia"

Estos últimos años se han hecho públicas informaciones de todo tipo que deberían haber dañado la estructura del Sistema hasta sus mismísimos cimientos y sin embargo la maquinaria sigue intacta, sin ni tan solo un arañazo superficial. Y esto pone de manifiesto un hecho extremadamente preocupante que está sucediendo justo ante nuestras narices y al que nadie parece prestarle atención. El hecho de que SABER LA VERDAD YA NO IMPORTA.

Parece increíble, pero los acontecimientos lo demuestran a diario. La información ya no tiene relevancia.

Nuestro cerebro se ha convertido en un drogadicto de la información rápida, en un yonqui ávido de continuos chutes de datos que ingerir, a poder ser pensados y analizados por cualquier otro cerebro, para no tener que hacer el esfuerzo de fabricarnos una compleja y contradictoria opinión propia. Porque odiamos la duda, pues nos obliga a pensar, ya no queremos hacernos preguntas, solo queremos respuestas rápidas y fáciles. Somos y queremos ser antenas receptoras y replicadoras de información, como meros espejos que rebotan imágenes externas, pero los espejos son planos y no albergan más vida en ellos que la que reflejan proviniendo del exterior.

Para emprender una transformación profunda de nuestro mundo, para iniciar una auténtica Revolución que lo cambie todo y nos lleve a una realidad mejor, deberemos descender hasta las profundidades de nuestra psique, hasta la sala de máquinas, donde están en marcha todos los mecanismos que determinan nuestras acciones y movimientos. Ahí es donde se está dirimiendo la auténtica guerra por el futuro de la humanidad. Nadie nos salvará desde un púlpito con brillantes proclamas y promesas de una sociedad más justa y equitativa, nadie nos salvará sólo contándonos la supuesta verdad, ni desvelando los más oscuros secretos de los poderes en la sombra.

Es pura lógica: No hay revolución posible sin una transformación profunda de nuestra psique a nivel individual, porque nuestra mente está programada por el Sistema. Y por lo tanto, para cambiar ese Sistema que nos aprisiona, antes debemos desinstalarlo de nuestra mente.

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