29/6/2017
¿Hacen falta otros cuarenta años para que España deje de
tener un enorme mausoleo dedicado a un dictador, fosas comunes en las cunetas y
torturadores impunes?
Siglo
XXI. Año 2017. Unión Europea. El rey Felipe de Borbón califica con rotundidad al franquismo como una
"dictadura". Su padre nunca usó este término. Han pasado
42 años desde la muerte de Franco, 40 desde las primeras elecciones de este
periodo democrático. Han pasado dos reyes y cuatro décadas, y el enorme retraso
en admitir lo evidente deja claro el problema de desmemoria que tiene la
democracia española.
El discurso del rey y la
conmemoración del cuarenta aniversario de las elecciones de 1977 han reabierto
el debate sobre la Transición española; sobre sus luces y sus sombras. Sin
duda, el sistema democrático que nació de la Transición ha sido un éxito para
España. Pese a sus muchos defectos, pese a la última gran crisis económica, los
últimos cuarenta años han sido, de largo, el periodo más próspero de nuestra
historia.
No
me atrevo a dar lecciones a aquellos que, con sus aciertos y errores, abordaron
la difícil negociación con banda armada; los primeros años de una democracia
amenazada a diario por el ruido de sables del búnker franquista. Probablemente
tienen razón quienes argumentan que, en aquel momento, era difícil ir más
lejos, y que por eso no quedó más remedio que apartar algunos temas, como el de
las víctimas.
El gran desastre no está en
la Transición, sino en el olvido de las décadas posteriores. En lo que no se
hizo después, cuando el Ejército estaba ya controlado y la democracia no corría
peligro; en unos años en los que restituir la memoria de las víctimas del
franquismo y juzgar a torturadores como Billy el Niño no habrían puesto nada en
riesgo.
Es hasta comprensible que el
rey Juan Carlos elogiase al "generalísimo" Franco y sus "enormes
cualidades humanas" en su primer discurso de Navidad,
el 24 de diciembre de 1975; un mes después de la muerte del tirano y con todo
su aparato de poder aún intacto. No tiene perdón que después no abjurase de
aquellas palabras ni que hayan tenido que pasar cuatro décadas para que un
Borbón llamase dictadura a la dictadura.
Han hecho falta cuarenta años
para dar un paso tan pequeño, y lo mismo harán falta otros cuarenta para que el
jefe del Estado avance por esa osada senda de llamar a las
cosas por su nombre. Para que deje de hablar de guerra fratricida y
se refiera a la Guerra de España como lo que fue: un golpe militar contra la
legalidad republicana. Para que admita que la democracia no se estrenó en
España en 1977; y que ese año tampoco se celebraron "las primeras
elecciones democráticas". Para que recuerde también a las víctimas de esa
dictadura que ahora la Casa Real acaba de descubrir, y que no merecieron ni una línea de
su discurso. Para que España deje de tener un enorme mausoleo
dedicado a un dictador, fosas comunes en las cunetas y torturadores impunes.
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