17/4/2016
Vázquez-Figueroa carga contra las empresas envasadoras de agua. ‘barbarie’, el nuevo libro de este incombustible fabricante de superventas, arremete contra gobiernos «cínicos e hipócritas» y grandes multinacionales
Es canalla lo que la Unión Europea está haciendo con los refugiados». Lo denuncia Alberto Vázquez-Figueroa (Santa Cruz de Tenerife, 1936) incombustible fabricante de best-sellers que, a punto de cumplir 80 años, expresa su rabia e indignación en La barbarie (Ediciones B). Carga contra gobiernos «cínicos, hipócritas y egoístas» y las multinacionales que controlan el «sucio» comercio del agua en el mundo. Con casi 30 millones de libros vendidos de cerca de cien títulos, el aventurero, autor e inventor canario se mantiene fiel a sus obsesiones. Casi todas aparecen en este libro «que tiene tanto de novela como de reportaje, de denuncia, de cabreo con el mundo y de autobiografía», según el escritor español más leído del siglo XX con títulos Tuareg, Coltán, Sicario, Marfil, o Saud, el Leopardo.
Además de una reflexión sobre la amenaza islamista, el auge del terrorismo yihadista y la crisis de los refugiados, «es un llamamiento para frenar la barbarie en la que vivimos», dice. Habla de su invención de un dron de salvamento submarino no tripulado, de bajo coste y alta tecnología, capaz de auxiliar en naufragios y vigilar costas. Es su última patente, que ofreció a varios gobiernos, y «que solo han querido comprarme traficantes de drogas». De su quijotesca aventura empresarial con las desaladoras, de la desfachatez e ineptitud de Unión Europea y de los abusos de los mercaderes del agua. «¿Cómo podemos vivir en un mundo en el que el agua es el doble de cara que la gasolina?», se pregunta el narrador, aventurero, inventor y cineasta alzando un botella de agua envasada por una multinacional. «El del agua es el negocio más sucio de la creación; más que el tráfico de armas, la prostitución o las drogas» denuncia. Arremete contra multinacionales francesas como Vivendi, que controlan este negocio en medio mundo, y otras empresas «que sobornan a las depuradoras de las grandes ciudades para que saturen de químicos el agua y obtienen inmorales exclusivas de embotellado».
Cuando millones de personas «se mueren literalmente de sed» le indigna «que nos preocupemos por el agua Marte». «La mitad de la humanidad no necesita un litro de petróleo, pero todos necesitamos al menos dos litros de agua al día para vivir. Y una botella de medio litro de agua cuesta un euro, lo mismo que un litro de gasolina. Es un vergüenza» lamenta.
«El libro nace la profunda indignación hacia lo que ocurre en el mundo, en la política y ante los desastres humanitarios. De la rabia de ver cómo Europa, y España como un títere, están dejando morir a miles de seres humanos», explica. Un comportamiento «canalla» que Vázquez-Figuroa achaca «al temor a una islamización de Europa que de todos modos se producirá por razones demográficas, ya que los musulmanes se multiplican por seis mientras nosotros nos dividimos por dos». «No tienen necesidad de poner bombas porque en cuarenta años Europa será musulmana», vaticina.
Vázquez-Figueroa olvida sus libros casi tan rápido como los escribe. Si no escribe rápido se aburre. Algunos, como El perro, lo terminó «en menos de cinco días». A otros les dedica «dos o tres meses». Apenas salva «una docena» de todos los que ha firmado desde que tenía 17 años, pero se enorgullece, sin falsa modestia, de haberse anticipado en muchos años en la denuncia del inhumano comercio del coltán en Africa o la expansión de terrorismo islámico en el corazón del continente. «Tengo el olfato y la suerte de anticiparme, como ocurrió con Ébano, que me copió Kapuscinsky, o con El último tuareg». Habla de la continuación de Tuareg, publicado hace 30 años, y en el que hablaba de Boko Haram, el grupo terrorista que secuestra y cientos de niñas en Nigeria y las obliga a inmolarse en brutales atentados. Tardó apenas tres semanas en escribir Tuareg, del que ha vendido cinco millones de ejemplares.
Autor de ¡Panamá, Panamá! y asiduo visitante del país hace cuarenta años, antes de que deviniera en paraíso fiscal, hoy ironiza lamentado no estar en esos ignominiosos ‘papeles’. «Fui honrado y Hacienda me jodió» asegura preguntándose si no hubiera sido preferible hacer lo que tantos y tantos con una de esas empresas ‘off-shore’ que hoy escandalizan.
Es más que aceptable la salud de ese vitalista octogenario. Dice que se lo debe a un murciélago hematófago, «de los se beben la sangre», que le mordió en Ecuador hace medio siglo. «Desde entonces no he enfermado ni he sufrido ninguna infección, pero no puedo comer ajo, porque soy alérgico y vomito sangre» explica risueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario