28/3/2014
Emergerán como productores de aquello que buscan, que deseen comprar o que quieran que suceda. Ya no serán más usuarios, ni lectores, ni súbditos de una democracia formal o consumidores de un mercado imperfecto. Serán verdaderos coproductores de lo público.Produusuarios que sustituirán al ciudadano como sujetos de derechos y, desde su nueva interfaz de amateurs, también de gobernanza.
Es lo que está sucediendo en el ámbito del periodismo, rompiendo los esquemas económicos que sustentaron hasta hoy a los medios, pero también introduciéndose en la esencia del discurso informativo y es lo que sucederá en otros campos de la mano de la tecnología, las redes y la interconexión permanente. Internet desparecerá, estará ahí, integrado en todos los procesos, pero será invisible. Física y culturalmente.
Y el escenario por excelencia de los cambios y de nuestras vidas serán las metrópolis. Las ciudades se convertirán en laboratorios de la autogestión social del espacio público. Frente al colapso de la burocracia oficial por la crisis y la corrupción, las grandes empresas prestadoras de servicios tendrán que seducir a los ciudadanos con una ración extra de transparencia si quieren seguir siendo relevantes y, a la vez, disputarse con ellos los espacios de actuación.
La tecnología, las redes sociales, la innovación, ayudarán a que la propia sociedad se organice para aportar soluciones a menor coste y con mayor eficiencia que la empresa privada y la burocracia pública. Y los ciudadanos, la gente, se movilizarán por su propio interés. La crisis financiera es la gran oportunidad que está haciendo germinar este nuevo ecosistema apoyado en el uso intensivo de la tecnología, pero incluso las administraciones en mejor situación económica se darán pronto cuenta de que es mucho mejor delegar determinados asuntos en la sociedad que seguir empeñados en una administración paternalista y controladora.
No todo será color de rosa en esta utopía. Las ciudades tendrán que enfrentarse a sus propios desafíos. El ciclo del carbono, del agua, los consumos energéticos crecientes. Y su inevitable vulnerabilidad ante una crisis global. Se fomentará la capacidad de adaptación a los cambios profundos. Crecerá el sentido de comunidad, una comunidad crítica que auditará, gracias de nuevo al uso intensivo de la tecnología y a la transparencia, el trabajo de políticos y grandes compañías al servicio de lo público.









