Hector G. Barnés - 19/3/2014
“Estamos en manos de personas que toman decisiones que no coinciden con los intereses de la gente”
“La gente cada vez vive mejor y, sin embargo, la depresión está llegando a franjas de edad donde antes no había penetrado, como la adolescencia”
P. Como señala citando a Alain de Botton, antes, la religión proporcionaba una educación moral, así como determinadas rutinas y gestos que eran cómodos y reconfortantes. Sin embargo, ¿ha desaparecido la religión o ha sido sustituida por otra cosa?
“Pensar no es suficiente. Ni siquiera
pensar positivamente es suficiente… Tenemos el reto pendiente, y urgente, de
cerrar el abismo entre cómo pensamos y cómo vivimos”. Así arranca
el último trabajo de Elsa Punset, escritora y divulgadora, hija de Eduard
Punset y autora de uno de los grandes fenómenos comerciales del
panorama literario español, Una mochila para el universo (Destino),
aquel mapa de las emociones humanas que ha despachado más de 250.000 copias
desde mayo de 2012.
La directora del LASE (Laboratorio de
Aprendizaje Social y Emocional) vuelve ahora con El mundo en tus manos.
No es magia, es inteligencia social (Destino) en el que descubre las
claves de nuestras relaciones con los demás y echa una mano al lector para
evitar la “epidemia de soledad” que acecha al hombre contemporáneo
o para resolver los conflictos que nos enfrentan a los demás. Como Punset
explica a El Confidencial, en una época en la que el acceso a la
información es mayor que nunca, al igual que la conciencia sobre la
importancia de la salud mental, ya no hay excusa para no cuidar nuestra mente
como haríamos con nuestro cuerpo.
RESPUESTA. Lo que nos ha preocupado
durante siglos ha sido la supervivencia física de las personas, y el siglo XX
ha sido extraordinario en ese sentido. Hemos logrado vivir muchísimos más años,
mejorar algo la calidad de vida, erradicar muchas enfermedades… La gran
abandonada ha sido la salud mental de las personas, que es lo que alerta
ahora a todos los grandes organismos de salud. Hasta ahora se pensaba que lo físico
y lo mental estaban completamente separados, y hemos visto el impacto de la
mente sobre el cuerpo.
P. Hay una paradoja curiosa: todos
estamos de acuerdo con que debemos cambiar nuestras costumbres, pero casi
ninguno lo conseguimos. ¿Por qué?
R. Es una cuestión de tiempo, y no
demasiado. Estamos viendo que cada vez hay más enfermedades mentales que
tienen un impacto sobre la vida física de las personas, con una repercusión
económica y social fortísima. Por una parte sabemos que esto es así, pero no lo
hemos integrado a nuestra vida, hay una gran diferencia entre cómo vivimos y
cómo pensamos.
“Estamos en manos de personas que toman decisiones que no coinciden con los intereses de la gente”
Además, las medidas de salud mental son preventivas. Y eso,
políticamente, no es rentable. En ese sentido estamos en manos de personas que
toman decisiones que no coinciden con los intereses de la gente. Es una de las
cosas que reivindico en el libro, que las personas empiecen a reclamar las
decisiones que necesitan. Hay muchas cosas que podríamos hacer en los sistemas
educativos que no serían caras, como redistribuir fondos.
P. Habla del beneficio económico: hasta hace relativamente poco se
pensaba que el dinero daba la felicidad y, por lo tanto, si una sociedad
marchaba bien en términos económicos, sus habitantes iban a ser felices.
R. ¿No es tremendo? Estábamos en modo
supervivencia hasta hace muy poco, la vida era dura y el mundo peligroso.
Durante un tiempo, hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando mejorabas la
higiene, las condiciones de vida, el acceso a la sanidad, veías que la
satisfacción con la vida crecía. Llegado a un cierto punto, el impacto ya no es
el mismo. Hay un techo a partir del cual ya no se es más feliz. A partir de ahí
las personas necesitan otras cosas.
“Cuidar
tu mente es como el ejercicio físico, pronto comienzas a notar cambios”
La mente humana es muy compleja y muy vulnerable. ¿Por qué somos la especie que sufre más? Porque tenemos la mente más compleja y necesitamos unos cuidados especiales. Creo que es una cuestión de devenir histórico que nosotros podemos impulsar. Pero hay instituciones que se mueven con paradigmas del siglo pasado.
La mente humana es muy compleja y muy vulnerable. ¿Por qué somos la especie que sufre más? Porque tenemos la mente más compleja y necesitamos unos cuidados especiales. Creo que es una cuestión de devenir histórico que nosotros podemos impulsar. Pero hay instituciones que se mueven con paradigmas del siglo pasado.
P. La gran dificultad, dirá la mayoría, es poner en práctica estos
cambios.
R. El cambio es más fácil de lo que las
personas creen. Hay algo que se llama la paradoja de la plasticidad cerebral.
Es importante que la gente entienda cómo funciona su cerebro. Hay personas que
se dejan llevar por la rutina, por lo que han hecho siempre, por lo que han
aprendido de sus padres y que no cuestionan. No puedes transformar nada que no
comprendas, y en el libro he intentado poner en circulación ideas que nos
ayuden a entendernos.
El cerebro es como tu cuerpo. Si tú no
entrenas tu cerebro, este se acostumbra a hacer siempre lo mismo. El siglo
pasado empezamos a aprender a cuidar de nuestro cuerpo. En los años 50, la
gente no hacía ejercicio físico, sólo los deportistas y cuatro estrafalarios.
Entonces empezaron a salir los primeros estudios que decían que si se trabajaba
el cuerpo, se iba a tener mejor salud física. Eso también afecta a la mente,
aunque aún no se sabía.
La gente empezó a cuidar su cuerpo, a
practicar ejercicio y a comer mejor. Es donde estamos ahora con la mente. Si
siempre haces lo mismo, piensas lo mismo y hablas con las mismas personas, nada
va a cambiar. Pruébalo, es como el ejercicio físico. A lo mejor no lo notas el
primer día, pero lo vas a notar en poco tiempo. Tienes que hacer ese pequeño
esfuerzo.
P. Aunque cada vez estamos más
interconectados con todo el mundo, usted señala en el libro que cada vez nos
sentimos más solos.
R. Ocurre en todos los países
occidentales, cada vez vivimos más solos. Ello genera determinados retos: la
gente que vive sola necesita relacionarse con los demás, lo que define qué
clase de ciudades y entornos creamos. La gente cada vez tiene menos amigos
íntimos y se siente más sola. Se pensó que las redes sociales serían la
respuesta, pero no están ayudando tanto como creíamos. La gente muy sociable en
su vida diaria sigue siéndolo en las redes sociales y la gente retraída
también. Tú te trasladas a la red social, pero no te sirve para solucionar un
problema de timidez o de soledad.
Es importante que la gente sepa algo.
Fisiológicamente estamos creados para contagiarnos emocionalmente. Si yo te
miro y te digo una barbaridad, yo reacciono. Y al reaccionar tú te contagias, y
eso te para. En las redes sociales, la empatía no logra dispararse. Deberíamos
acostumbrar a las personas a que entendiesen que cuando tú agredes o insultas a
alguien por la red estás haciendo el mismo daño que si lo hicieses cara a cara,
pero a ti no te afecta, no te das cuenta de lo que haces.
“La gente cada vez vive mejor y, sin embargo, la depresión está llegando a franjas de edad donde antes no había penetrado, como la adolescencia”
P. Como señala citando a Alain de Botton, antes, la religión proporcionaba una educación moral, así como determinadas rutinas y gestos que eran cómodos y reconfortantes. Sin embargo, ¿ha desaparecido la religión o ha sido sustituida por otra cosa?
R. Todas las decisiones morales estaban
en manos de la religión. Esto tenía una ventaja, y es que
proporcionaba una serie de normas de convivencia social. De repente, en
muy poco tiempo, se vienen abajo las estructuras religiosas. De repente
perdemos referencias y no sabemos muy bien dónde nos vamos. Hay que rescatar la
visión moral del ser humano, no por buenismo, sino por justicia. Si vivimos en
un mundo injusto vamos a enfermar, vamos a estar peor, lo que tiene un impacto
tremendo sobre la gente. No tenemos más remedio que encontrar unos mínimos que
nos permitan recuperar la estructura moral de lo que es aceptable y de lo que
no lo es.
P. Hace apenas unas décadas, el éxito (laboral, económico) lo
justificaba todo, una situación que parece haber cambiado.
R. Claramente, en los 80, 90, hasta
principios de siglo, la gente pensaba así. El dinero lo justificaba todo, si
tenías suficiente dinero nadie dudaba de que tu felicidad iba a ir creciendo y
que tú ibas a estar bien, así que todo el mundo decía “vamos a crecer a lo
bestia”, por lo menos la especie humana, aunque no fuese sostenible para las
demás. Y sin embargo, se ha visto que no es así. Es una de las preguntas de
este principio de siglo, cómo puede ser que la gente viva cada vez mejor y, sin
embargo, la depresión esté llegando a franjas de edad donde antes no había
penetrado, como la adolescencia.
R. Las crisis son momentos en los que
la gente para y se replantea las cosas, pero creo que más bien hemos llegado a
un momento en el que la gente está muy poco satisfecha, se siente mal y no sabe
por qué. Nos hemos dado cuenta de que no es suficiente con lo que nos
ofrecían ofreciendo y encontramos pocas respuestas de aquellos que deben
tomar las decisiones, los ciudadanos cada vez reclaman más lo que necesitan. Es
un proceso sano, pero duro para mucha gente que no se siente escuchada, porque
no son cambios fáciles.
P. Usted que viaja por todo el mundo, ¿cuáles son los condicionantes
externos más peligrosos y que más daño nos hacen?
R. La gente no se conoce bien. Lo que
siempre me sorprende es hasta qué punto nos cuesta poner nombre a lo que nos
pasa. Ayudar a las personas a que comprendan lo que les pasa es una obsesión.
Yo no siempre lo sé, y como todo el mundo, he tenido que aprender desde cero.
Siempre pienso que si a los 20 años hubiese sabido lo que sé ahora habría
ahorrado mucho tiempo sufriendo tontamente. Se ha visto que cuando tu cerebro
es capaz de poner nombre a una emoción –algo que cuesta mucho, porque hay una
falta de alfabetización emocional entre las personas–, calmas el cerebro. Es
una lucha entre la parte racional y la emocional del cerebro. El primer paso es
entender lo que nos pasa.
P. ¿Son las emociones un tabú, como en el caso de los hombres, a
los que aún no se les permite reconocer, por ejemplo, que están tristes?
R. Las estrategias que utilizan hombres
y mujeres cuando se sienten mal son diferentes. Los hombres suelen ser
escapistas, mirar a otro lado, no pensar en ello. El cerebro es el órgano de
las emociones, pero es algo que se sabe desde hace poco. La neurociencia está
transformando la psicología, la sociología, pero sólo hace 10 años que lo
estamos utilizando de verdad. Antes veíamos las emociones como cosas
peligrosas, que nos podían enfermar, no sabíamos muy bien qué utilidad tenían.
Ahora se sabe que detrás de cada pensamiento hay una emoción.



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