5/7/2017
Ramón Lobo
Ramón Lobo
Vendemos como un éxito que un rey haya pronunciado de
pasada la palabra dictadura tras 40 años de democracia cuando la tardanza
resulta vergonzosa.
Las guerras civiles tienen una mala solución
política porque se meten debajo de la piel de las personas, dividen familias y
pueblos. Tampoco es fácil salir de dictaduras en las que la vida pende de la
obediencia: aquí los sumisos; allá, los muertos y desaparecidos. En ambos casos
es necesaria una reconstrucción ética, resintonizar principios y valores para
sanear la sociedad, impedir que se simule la paz escondida en la inmoralidad
del silencio.
No ha habido un esfuerzo por parte del Estado en edificar una paz sana.
Heredamos una habitación de aire viciado y muebles
rotos y así la mantenemos como si cualquier cambio pusiera en peligro la
concordia. Es una paz basada en la mentira, el silencio y el desprecio a los que lucharon
por la libertad o padecieron la represión.
El acto solemne de los 40 años de democracia fue una
exhibición de los defectos de una España plagada de corrupción que condecora a los actores
de la represión en vez de abrazar a sus víctimas. Hay una corrupción
ética por encima de la económica que la permite y alimenta. Que un PSOE con 202
diputados en otoño de 1982 no se atreviera a hacer suya la búsqueda de los
fusilados es una prueba del extravío.
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