15 de septiembre de 2016
"Una nota del Fondo Monetario Internacional insiste en que para impulsar el crecimiento lo que conviene es emplear a más mujeres"

"Una nota del Fondo Monetario Internacional insiste en que para impulsar el crecimiento lo que conviene es emplear a más mujeres"

Muchos
economistas lo venimos diciendo desde hace mucho tiempo. Facilitar la
incorporación de las mujeres al empleo no es solo una estrategia esencial para
evitar la discriminación injusta entre mujeres y hombres y para que éstas
últimas puedan elegir y realizarse como personas en las mismas condiciones
y con la misma libertad que los hombres. Además de eso, que no es
poco, favorecer el empleo de las mujeres es fundamental porque la evidencia
empírica demuestra que cuando una mujer se incorpora al empleo remunerado el
número total de empleos de la economía no aumenta solo en una persona sino en
algo más. Eso es así porque el empleo femenino (dicho con palabras muy llanas)
“tira” de otros puestos de trabajo remunerados adicionales y porque,
además, aumenta la demanda total, lo que hace que sean necesarios más empleos
para satisfacer el consumo adicional de las nuevas mujeres con ingresos
propios.
Lina
Gálvez y Ruth Rubio-Marín acaban de publicar un artículo muy interesante con
propuestas para lograr ese objetivo (El mercado tiene sexo: ¡la desigualdad también!).
Y, casualmente, acaba de publicarse una nota del Fondo Monetario
Internacional que insiste en que para impulsar el crecimiento lo que conviene
es emplear a más mujeres (To Boost Growth: Employ More Women).
Me alegra que una institución tan
conservadora, habitualmente reacia a hacer planteamientos que se salgan del
pensamiento mayoritario y que tanto ha dificultado la incorporación de las
mujeres al empleo remunerado, imponiendo políticas que reducen el
gasto social y la provisión de servicios públicos, esté empezando a asumir que
es fundamental cambiar de rumbo. Años atrás, algunos de sus economistas
publicaron estudios que demostraban que, cuanto más empleo femenino hay, se
generan mejores rendimientos macroeconómicos, y ahora menciona un caso exitoso
como es el de Canadá.
Según los análisis que se han
realizado para este país, si desapareciera la brecha entre la tasa de actividad
de la población masculina y la femenina (de 7 puntos porcentuales a favor de
los hombres) el PIB de Canadá sería un 4,5% más elevado que el actual. Aunque
ya sabemos que el PIB es un indicador bastante bruto, al menos sirve ahora para
indicarnos que el efecto de esa mayor actividad femenina no es poca cosa.
Al leer
esos datos he pensado los avances que se podrían producir en España si nuestros
gobiernos adoptaran políticas efectivas para promover el empleo femenino como
las que proponen Lina Gálvez y Ruth Rubio-Marín en su artículo mencionado o en
otro trabajo anterior y más amplio titulado Por una política económica que incorpore la igualdad de género. Y
si, además, entendieran que para crear empleo masculino o femenino (y, en
general para generar ingresos dignos para toda la población) es fundamental
modificar la distribución de los tiempos de trabajo y, sobre todo, asumir de
manera efectiva como principio de actuación que el trabajo humano no es una
mercancía. Un principio, por cierto, que muchísimos países (entre ellos España)
han asumido al ratificar la Declaración de Filadelfia de la Organización
Internacional del Trabajo que así lo señala expresamente.
En nuestro país, la diferencia
entre la tasa de actividad de mujeres y hombres es aún mayor que la canadiense
(11,3 puntos, según la EPA del segundo trimestre de 2016), lo que quiere decir
que, posiblemente, podríamos lograr un impulso incluso aún mayor si la
hiciésemos desaparecer. Pero, eso sí, siempre que esas políticas no se lleven a
cabo de cualquier forma.
La brecha
en las tasas de empleo de mujeres y hombres ha disminuido muchísimo en los
últimos años en España (del 24,7 a 11,2, según Eurostat: aquí o aquí). Sin embargo, esa disminución no se puede
considerar como un fenómeno por sí solo positivo. Se ha producido a costa de
una gran precarización del empleo y de un incremento muy grande de las mujeres
empleadas, contra su voluntad, a tiempo parcial, lo que ha reforzado la
división de trabajo tan sesgada que “especializa” a las mujeres en el trabajo
doméstico, al que dedican cada vez más horas y muchas más que los hombres.
Si en España se pudiera conformar
un gobierno de progreso apoyado en una amplia mayoría parlamentaria, una de sus
tareas más importantes debería ser la de poner en marcha, en colaboración con
todas las autonomías y administraciones locales, una estrategia estatal para la
igualdad y la corresponsabilidad entre mujeres y hombres que facilitara de
verdad el empleo femenino. El impulso económico que produciría sería extraordinario
y el aumento del bienestar que llevaría consigo mucho más impresionante.
Desgraciadamente, los dirigentes
de los partidos que podrían llevar a cabo un plan de este tipo prefieren
seguir tirándose los trastos a la cabeza.
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