Con independencia de los errores que
haya podido cometer Grecia, la postura intransigente y la estrategia de
desgaste que la UE ha adoptado con Tsipras suponen una violación de los ideales
y principios fundacionales de la Unión. El rictus de ese nefasto contable
llamado Wolfgang Schäuble durante las interminables horas de tortura a las que
el Eurogrupo y la Cumbre sometieron al equipo griego –un testigo contó a The
Guardian que Tsipras recibió un “brutal ahogamiento mental”-- define uno de los
episodios más tristes de la historia de Europa desde la II Guerra Mundial.
Es fácil culpar a un país de 10 millones de
habitantes de su mala administración y de paso convertirlo en el chivo
expiatorio de la deprimente deriva de la UE. Pero es del todo inexacto. El
Eurogrupo lleva años gestionando de la peor manera posible la crisis de deuda y
liquidez de un país cuyo PIB es una vez y media el de la Comunidad de Madrid.
Parecería una broma si no fuera para llorar. El dato revela toda la
incompetencia gestora, y quizá también la mala fe, de las Instituciones
europeas y del FMI.
Lo cierto es que, por torpes y arrogantes que hayan sido los dirigentes
griegos durante los últimos meses, su actitud ha sido bastante más europeísta,
generosa, democrática y constructiva que la de sus acreedores. El Eurogrupo
nunca ha buscado alcanzar un compromiso justo y razonable con Grecia. Al
contrario, ha ido poco a poco endureciendo las condiciones, demostrando una
inquina ideológica de la peor especie. Esa ceguera llena de ira tampoco ha
permitido un reconocimiento de los errores económicos cometidos por la Troika
en los dos rescates anteriores, que son lo que han provocado la catástrofe
humanitaria. Y, aunque en el texto del acuerdo se habla por primera vez de la
restructuración de la deuda, asumida incluso por el FMI, la UE no adquiere
ningún compromiso concreto y echa la culpa del aumento de la misma a los
griegos, y no a las recetas que se han seguido por imposición suya durante los
últimos cinco años.

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