21/5/2014
S.Mccoy
S.Mccoy
Lo ha vuelto a hacer.
Jaime Caruana, exgobernador del Banco de España y, a la sazón, director general del Banco Internacional de Pagos de Basilea (better known as BIS) se ha despachado con un discurso imprescindible en el que censura el modo en que gobernantes y bancos centrales han tratado de paliar los efectos de la crisis, cegados por un cortoplacismo más propio de especuladores que de estadistas.
No es la primera vez. Hace poco menos de un año, con motivo de la Asamblea General de la institución que gestiona, pronunció un alegato demoledor sobre las consecuencias estructurales que se terminarán derivando de la mayor expansión monetaria de la historia. Les recomiendo encarecidamente su lectura. No somos muy conscientes de lo que está pasando, narcotizados como estamos por la ilusión de bonanza en los mercados.
Ahora, el español -como me recuerda un amigo fue el principal responsable por omisión de la locura crediticia de las cajas, consejos vendo y para mí no tengo- da una nueva vuelta de tuerca a su tesis, con el apoyo intelectual de Claudio Borio, en una exposición perfectamente estructurada y pronunciada en la Harvard Kennedy School el pasado nueve de abril.
En primer lugar, realiza una descripción de la situación mundial, que resume en siete puntos que son como para cerrar la puerta y el último que apague la luz. Échenles un vistazo. El hecho de que cinco años más tarde nos encontremos como nos encontramos en términos de PIB, empleo, productividad, deuda o desequilibrios en tantas y tantas naciones, concluye, debería ser motivo para una severa reflexión colectiva. Pero '¿de quién y para quién?', cabría añadir. No hay voluntad. No interesa.
Posteriormente, entra en el corazón de su argumento: no se puede resolver un problema de balance, generado por una burbuja crediticia y, fundamentalmente pero no sólo, inmobiliaria, con políticas de demanda, se basen estas en el uso de los tipos de interés o del gasto público. Entre otras cosas porque, al buscar mantener un statu quo irreal –por sobredimensionado tanto desde el punto de vista del potencial real de la economía como del papel de su sistema financiero–,
- se siguen asignando mal los recursos, empleo y capital, ya que no se cercena de raíz la capacidad instalada que sobra;
- no se reduce con la rapidez suficiente el stock de deuda, mucho más importante en una situación como esta que el flujo;
- y se demoran las decisiones a largo plazo, de ciclo completo, necesarias para evitar que errores pasados se vuelvan a repetir en el futuro.










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