José Luis Montes
La Historia de la Humanidad es un largo
camino de progreso y evolución en busca del último sentido trascendente,
jalonado de soluciones a las necesidades primarias. El individuo y el colectivo
social se han ido conformando entorno a ese péndulo que oscila entre el hambre
física y el hambre espiritual.
Ya desde hace milenios la Humanidad
tiene sentido de lo trascendente, afronta dilemas morales, se dota de acuerdos,
explora todas las dimensiones del Ser y concede importancia vital a las
preguntas eternas y a sus posibles respuestas. Y abre caminos, casi siempre rodeados
de admiración, a las luces del yo espiritual: la generosidad verdadera, la
compasión y el sacrificio en aras del otro o de lo común, la virtud, la
honestidad, la humildad o la paciencia.
Al mismo tiempo, genera soluciones a la
frágil intendencia del yo físico temporal, al hambre, al frío, a la enfermedad.
Y, también, a las grietas del no menos delicado yo mental: la necesidad de
estima, la falta de autoestima, el miedo y la incertidumbre, el egocentrismo, o
la carencia de sabiduría.
Imperfectos como somos, no damos con el
punto justo de equilibrio entre ambas dimensiones, la trascendente y la
temporal, y oscilamos fuertemente entre ellas. Por cada gran avance que
hacemos, damos un gran paso atrás. Por cada nueva era del conocimiento hay un
doloroso episodio de oscuridad.
Pero la componente final que resulta de
ambas fuerzas ha sido siempre, hasta ahora, un lento pero continuado avance
hacia la luz. Avance que no puede ocultar ni todo el camino que aún nos queda
por delante ni toda la espesura que dejamos atrás. La perspectiva y el
aprendizaje.
¿Qué ha construido dicho avance
permanente, si es visto con distancia secular? A menudo, la irrupción de
personas notables que galvanizaron un latente sentir colectivo. Otras veces,
las menos notorias pero las más frecuentes, fueron extendidos consensos
sociales que cristalizan a través de los medios de que progresivamente nos
dotamos para ello. En todos los casos, la suma de la convicción y la acción
personal y la social.
Y nada indica que dichos poderosos
elementos estén en retirada, sino más bien que se ven crecientemente
fortalecidos por la lenta evolución personal, el tenue aprendizaje histórico y
la suma de cada vez más extensos y poderosos medios de toma de conciencia y
actuación colectiva.
Es en esa oscilación entre la imperfección
y la luz que también las organizaciones humanas, y sus liderazgos, se han
movido, no pudiendo ser ajenas al delicado balance entre nuestras limitaciones
y nuestras capacidades. Y, de entre ellas, las organizaciones económicas y
quienes las lideran han sido con frecuencia una muestra de cómo el ser humano
cae con facilidad en su torpeza aunque su Ser le pida que desarrolle su
grandeza.
Los siglos recientes han visto nacer las
mayores innovaciones y la más creciente abundancia de recursos, en su mayor
parte motivadas por el bien colectivo. Pero hemos vivido también el frecuente
error de poner el interés personal por encima del social hasta el límite de la
aberración. Hasta el límite de instalarse en la sociedad la impresión de que no
es compatible un liderazgo empresarial con un bien común, que lo que es bueno
para el directivo en busca del legítimo beneficio, es opuesto al interés de
quienes le rodean.
Tan incierto es eso como obvio que se
están hundiendo las organizaciones construidas sobre el paradigma del beneficio
ante todo y del interés personal primando sobre los valores y el interés
colectivo. Que lo falso y lo insano se quiebre es solo cosa de tiempo, como así
está siendo.
Varias dimensiones hay en la explicación
de que esto ocurra: la Esfera Personal, la del Talento y la del Mercado. Y una
única y sólida explicación: que la fuerza de la esencia del Ser personal y
colectivo es a la larga más poderosa que la temporal energía que nuestras
debilidades puedan mover.
En la Esfera Personal, los individuos
deseamos tender a una unidad coherente con nuestros valores y aspiraciones más
elevadas cuando actuamos en todos nuestros diversos roles. Como familiares,
padres, amigos, ciudadanos, profesionales o líderes, en cualquiera de los roles
que ejercemos en momentos diversos de nuestra vida deseamos tender a sentir que
lo hacemos de forma uniformemente alineada con nuestros ideales.
No conseguirlo plenamente siempre no
significa que no aspiremos a ello, y esa constante y a menudo subterránea pero
poderosa aspiración es la que, sumada en el tiempo y en lo colectivo, genera
una tendencia hacia que todo lo humano se rija por ella.
Y las organizaciones económicas también,
pues son ecosistemas en los que las personas, y dicha aspiración vital de
coherencia con los valores elevados, tienen la mayor de las incidencias. Así,
las personas, en sus roles de líderes, de directivos, de trabajadores, pero
también de proveedores o de clientes, desean que las empresas funcionen en
armonía con dichos elevados valores personales y colectivos. Y tienden hacia
ello. Cada vez hay más líderes empresariales que declaran y demuestran que no
solamente ven compatible el beneficio con los valores sino que son sinérgicos,
deseables, se refuerzan entre si y que, juntos, constituyen la base del nuevo
paradigma de las nuevas organizaciones del futuro.
Una realidad creciente, además, conforme
el progreso empresarial iguala cada vez más a las compañías por el lado de los
recursos físicos (capital, maquinaria, mano de obra no cualificada, insumos) y
las desequilibra por el diferenciador recurso al talento. Es, pues, la Esfera
del Talento, el actual y creciente factor disruptivo en la productividad, la
competitividad, la diferenciación y la generación de valor sostenido en las
organizaciones.
Y es un hecho comprobado y en tendencia
ascendente, que el talento humano es crecientemente exigente en cuanto a la
alineación de sus valores personales más elevados, con el bien común, el bien
personal, y la organización en la que trabaja. Este deseo, del que varios
estudios señalan que está entre las prioridades de las personas de talento ante
su desarrollo profesional, se traduce en que entre sus demandas laborales ya no
está únicamente la salarial sino que las empresas que desean atraer y retener
talento deben de ofrecer complementariamente una dirección por valores,
oportunidades de incidir desde el trabajo en mejoras en la sociedad, una
cultura corporativa alineada con la ética y el compromiso, y una forma de
gestionar sostenible social y medioambientalmente. Y, agrupando el talento, los
equipos de alto rendimiento valoran sustancialmente el hecho de estar
desarrollando su actividad dentro de organizaciones que se rigen por dichos
criterios.
Si ampliamos el zoom, habiendo pasado de
la Esfera Personal a la del Talento y a los equipos, y abarcamos la totalidad
del ecosistema en el que la empresa se inscribe, el Mercado, vemos que la
tendencia clara es coherente con las anteriores. Así, un consumidor
crecientemente informado, consciente y exigente, demanda a las organizaciones
que le sirven que toda su cadena de producción de valor esté regida por los
mismos principios éticos y valores a los que él, como persona, aspira: respeto
a los derechos humanos y animales, sostenibilidad medioambiental, producción
limpia, natural, respetuosa, y valora también elementos como el compromiso
social, la transparencia, o el aprovisionamiento cercano.
Cada vez más proveedores, a su vez,
ofertan insumos producidos con esas mismas reglas de juego y valoran que sus
clientes les favorezcan, en un círculo virtuoso productivo que nos beneficia a
todos. Un efecto que alcanza poco a poco a todas las esferas del
aprovisionamiento, incluyendo los servicios, y también a las autoridades, que
crecientemente legislan a favor de un funcionamiento de las organizaciones
económicas que no agreda al bien común y primando a quienes lo favorecen.
Todo esto es, como hemos señalado, una
tendencia y un proceso, en el que si sacamos la foto actual veremos todavía
muchas zonas de sombra, pero que si visionamos la película desde el pasado
podremos apreciar muchos significativos avances: los valores personales y
colectivos ganan peso en las decisiones, motivaciones y formas de actuar y de
regir en las organizaciones.
Y es así que, siguiendo con la verdad
inherente en las palabras del maestro Mahatma Gandhi, “se tu el cambio que
quieras ver en el mundo”, las personas deseamos formar parte de dicho cambio y
actuamos, a corto o a largo plazo, de forma coherente con ello. Como líderes,
como empleados, proveedores, consumidores o legisladores, las personas
individuales y nuestra suma colectiva social avanza siempre, aún con titubeos,
hacia la evolución y el bien común.
“Organizaciones Gandhi: las empresas que
están cambiando el mundo”
www.empresasgandhi.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario