Gonzalo Fanjun - 5/7/2013
Bill Gates, uno de los principales filántropos globales. Foto:EFE.
Bill Gates, uno de los principales filántropos globales. Foto:EFE.
A estas alturas de la crisis ninguno de los actores sociales relevantes puede quedarse al margen de la lucha activa contra la pobreza. Tampoco el sector privado. Las empresas (al menos algunas de ellas) no solo tienen recursos económicos, sino que crean empleo digno, impulsan la creatividad y el conocimiento, y fortalecen el emprendimiento de nuestra sociedad. Todos ellos son factores absolutamente imprescindibles para reducir las pavorosas brechas de desigualdad que separan a ricos y a pobres dentro y fuera de nuestras fronteras.
Más aún, al contribuir al progreso común las empresas responsables están ayudando a generar un entorno que beneficia a sus negocios y fortalece los círculos virtuosos de prosperidad y estabilidad. Esta lógica está detrás de la carta que 27 consejeros delegados de algunas de las compañías más importantes del Reino Unido publicaron hace tres meses en el diario Financial Times en defensa de los programas de ayuda internacional del Gobierno británico.
Los países del sur de Europa –cuyo modelo carga sobre el Estado la responsabilidad principal de esta batalla- se incorporan tarde al debate del mecenazgo privado. Pero las apreturas de la crisis están cambiando eso con mucha rapidez. Hace ahora un mes, centenares de organizaciones del llamado tercer sector se unieron para reclamar al Gobierno español una Ley de Participación Social y Mecenazgo que contribuya a hacer frente al crecimiento de las necesidades sociales. Esta legislación, cuya importancia queda restringida a menudo a la promoción de las actividades culturales, contribuiría de manera determinante a estimular el apoyo del sector privado a los esfuerzos contra la pobreza. Estas son algunas de las medidas que reclama el sector:
- Elevar sustancialmente las deducciones fiscales en el IRPF y el Impuesto de Sociedades para las donaciones de particulares y empresas.
- Deducir en la cuota del IRPF el 100% de los donativos que no superen ciertas cuantías menores (por ejemplo, 100 euros).
- Contemplar adecuadamente los beneficios fiscales de las donaciones en especie, particularmente de las donaciones de servicios.
- Equiparar los incentivos fiscales de las colaboraciones empresariales en actividades de interés general a los de las donaciones puras y simples.
Resulta difícil cuestionar la pertinencia de estas medidas cuando la crisis está desangrando a decenas de organizaciones sociales que ya no cuentan con el apoyo público. Pero conviene estar muy atentos a los riesgos de este nuevo modelo: cabe la posibilidad de que la entrada del sector privado se convierta en un juego de vasos comunicantes que justifique para algunos la retirada del sector público. Es fundamental establecer líneas rojas más allá de las cuáles la desaparición del Estado deja sectores enteros en manos de la arbitrariedad de un puñado de donantes privados. Como hemos comentado en este blog en alguna ocasión, todo el mundo quiere alimentar a un niño pero no todos entienden porque los drogodependientes necesitan apoyo.
Lo que es aún más importante, la contribución del sector privado debe comenzar por no complicar las cosas más de lo que ya están. Como se ponía de manifiesto en un interesante cruce de opiniones sobre filantrocapitalismo, publicado hace un par de años por el Instituto de Innovación Social de la Universidad de Stanford, algunos de los magnates que hacen hoy despliegue de su filantropía global se ocuparon en su momento con el mismo empeño de apuntalar las estructuras sociales y fiscales que provocaron el problema en primer lugar. Me hubiese gustado, por ejemplo, que los 27 empresarios británicos que remitieron la carta a David Cameron hubiesen incluido una postdata relativa al entramado de paraísos fiscales del que sus empresas se benefician cada año de manera obscena. Lo demás se parece mucho a disparar con pólvora ajena.

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