1 octubre 2012
Eduardo Garzón Espinosa — Consejo Científico de ATTAC España
La estructura impositiva de España (la forma a través de la cual el Estado obtiene ingresos) es profundamente injusta. A pesar de que el sistema tributario español fue diseñado para respetar los principios de justicia y equidad, las reformas legislativas de los últimos años y otras particularidades propias de la globalización económica han deteriorado ampliamente el procedimiento por el que los agentes económicos pagan sus impuestos hasta dejarnos un sistema fiscal altamente injusto e ineficaz. Mientras que sobre el papel consta que disfrutamos de un Estado que recauda impuestos de manera justa y adecuada (esto es, de forma que los que más tienen más paguen), en la práctica esos atributos están muy lejos de cumplirse. Veamos ahora por qué ocurre esto.
Comencemos analizando los diferentes tipos de impuestos que existen y su importancia en cuanto a recaudación. En el siguiente gráfico se muestra el peso de los distintos impuestos sobre el total recaudado.
El segundo impuesto con más peso es el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA), que recauda el 22% de los ingresos al Estado. Este impuesto se basa en el consumo y es profundamente regresivo (injusto), porque paga lo mismo un multimillonario que una persona sin ingresos. Exactamente lo mismo ocurre con los Impuestos Especiales, que suponen el 12% de todos los ingresos. Los impuestos especiales son impuestos al consumo para determinados productos (como alcohol, tabaco, carburantes, etc), y son tan regresivos como el IVA porque todos los consumidores pagan lo mismo independientemente de su renta.
El tercer impuesto en peso es el Impuesto de Sociedades, que grava los beneficios de las empresas y que conforma el 13% de todos los ingresos. Este porcentaje es menor del que debería ser, puesto que a pesar de que las grandes empresas deberían pagar el 30% de sus beneficios y las pequeñas y medianas empresas el 25%, Hacienda solo ingresa el 9,9% de las ganancias empresariales. Esto es así porque las empresas (principalmente las grandes) encuentran numerosas vías legales (y también ilegales) para evadir impuestos.
Ahora detengámonos un poco en el impuesto que tiene más peso: el IRPF. Éste grava la renta obtenida por las personas físicas residentes en España, y recoge tres formas diferentes de obtener renta: 1) Rendimientos del trabajo, que es la renta obtenida por los asalariados; 2) Rendimientos de capital, tanto mobiliario (por ejemplo los dividendos de unas acciones) como inmobiliario (renta obtenida por alquilar un bien inmueble); y 3) Rendimientos de actividades económicas, que es la renta obtenida por los pequeños empresarios, autónomos y profesiones liberales.
Pues bien, tal y como se puede observar en el gráfico siguiente, el 85% de toda la recaudación del IRPF se basa sobre las rentas del trabajo (es decir, la población que trabaja y está en nómina), mientras que las rentas del capital y de actividades económicas aportan solo el 15%.
Esta distinción de tipos impositivos obviamente beneficia a las personas que obtienen rentas de capital, ya que acaban pagando menos impuestos –proporcionalmente- que los trabajadores por cuenta ajena. Y curiosamente (o no) estas personas son las más adineradas: la mayor parte de los ingresos que declaran las rentas altas en el IRPF procede de rentas del capital y solo el 28% del trabajo. En otras palabras, el dinero que obtienen las personas más ricas proviene fundamentalmente de las actividades de capital (que tributan mucho menos que las actividades laborales). Y al contrario, las personas con menor renta ganan dinero fundamentalmente a través del rendimiento de su trabajo (que tributa mucho más que la renta del capital). Como consecuencia, de todos los declarantes del IRPF los más ricos terminan pagando menos impuestos -en proporción- que los de renta media.
Es tan absurdo este sistema que se da el caso de que en España las personas que cobran más de 600.000 euros pagan en la práctica el 27,4% de lo que ganan y los que cobran 120.000 euros pagan el 30,2%. Es decir, los primeros pagan menos proporcionalmente que los segundos a pesar de ganar muchísimo más dinero. Y este fenómeno ha sido intensificado durante los últimos años: lo que pagan realmente las clases medias ha disminuido en los últimos 15 años un 2,3%, frente a la rebaja del 37,6% para las rentas más altas.
Todo ello hace que el IRPF no sea un impuesto progresivo, a pesar de haber sido diseñado para serlo. La realidad no se corresponde con la teoría: el IRPF no es el impuesto justo que debería ser.
Recapitulemos. El estado español tiene un sistema impositivo injusto principalmente por las tres razones siguientes:
1) Un 34% de todo lo recaudado proviene de impuestos muy regresivos (un 22% de IVA y un 12% de Impuestos Especiales), por el que los consumidores pagan lo mismo independientemente de su renta. No es justo que un multimillonario pague lo mismo que una persona sin recursos.
2) Un 44% de todo lo recaudado proviene del IRPF, que a pesar de ser un impuesto teóricamente progresivo, en la práctica no lo es. No es justo que una persona de renta alta pague menos proporcionalmente que uno de renta media.
3) Solo un 13% de todo lo recaudado proviene del Impuesto de Sociedades. No es justo que las 10 mayores empresas del IBEX, que obtienen desorbitados beneficios, terminen pagando en torno a un triste 17% mientras las pequeñas y medianas empresas pagan aproximadamente el 23%.
En España las grandes fortunas y las grandes empresas pagan proporcionalmente menos impuestos que las clases medias, y así seguirá ocurriendo mientras este sistema impositivo no se vea profundamente modificado.
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