17 septiembre 2012
La primera víctima de la guerra es la verdad. La segunda, la población civil, los ciudadanos comunes.
No hay sangre en las aceras. Las tragedias se econden detrás de los muros de cada casa. Los generales siguen mandado tirar las bombas desde sus despachos. Hablan con autoridad impostada de los grandes sacrificios que ellos nunca se aplicarían. Mandan los militares de la economía. Sus divisiones tienen forman cibernética de ordenes instantáneas. No respetan la convención de Ginebra de una sociedad democrática. No se hacen prisioneros porque habría que alimentarlos. Tampoco los ejecutan: los dejan a la marea de los recortes. Siguen rompiendo vidas, destrozando sueños, aniquilando derechos. Afirman que es por nuestro bien, que deciden lo mejor para España. ¿De qué España están hablando?
Me levanto por la mañana e inspecciono el ciberespacio en busca de un proyecto transitable. Solo encuentro dogmas. Pensamiento inducido por repeticiones machaconas:
Hay que pagar lo que se debe. No podemos gastar más de lo que ingresamos. Hace falta un inmenso sacrificio colectivo. Igual que en el desembarco de Normandía. Los muertos eran bajas, los parados son solo una carga social. Los deshaucios son órdenes judiciales. Los pensionistas son solo una enstadistica insoportable. Todavía no nos han dicho que vivimos demasiado para ser tantos.
La criminalización se universaliza: funcionarios, parados, inmigrantes, pensionistas. Existir se está convirtiendo en un incordio para las cuentas de la seguridad social. Los parados tendrán que ir al monte incendiando para purificar su falta de trabajo.
El mantra que quizá más me irrita es la consideración de que las empresas privadas pueden pagar millones de euros a sus ejecutivos. Lo público apesta, hay que privatizarlo. El cielo está lleno de palabras huecas, de eslóganes sin contenido. Rajoy no puede hacer otra cosa que lo que le impone la realidad. Quizá la resistencia tendría que haber trabajado para los alemanes.
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