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18 de septiembre de 2012

España no tiene quien la quiera


Carlos Carnicero 16 septiembre 2012
La identificación pasional con la nación se denomina patriotismo. Si la nación es grande, próspera e influyente, sus hijos se fijan y se arriman a ella. Si el declive es su seña de identidad, el desapego está garantizado. La insatisfacción es la madre de la diáspora. Los hijos dejan la casa cuando los padres se pelean. Si no hay armonía, no hay confort; y cuando se está incomodo, uno tiende a marcharse a buscar abrigo y acomodo, aunque sea en una casa más pequeña.
La desafección de muchos catalanes con España tiene un itinerario definido. Desde la desigualdad del sistema fiscal vasco y navarro hasta la proclama de un Zapatero irresponsable comprometiéndose a aprobar en Madrid el Estatut que le mandaran desde Cataluña.
Si a los niños se les promete un regalo, luego hay que comprarlo. Y eso quiso hacer Zapatero con los catalanes. Luego vino el Tribunal Constitucional. Al PSC se le llevó la riada. No hay líneas en este artículo para explicar ese debacle previsible. Y la manifestación contra el Constitucional fue la mecha de la explosión del 11-S.
Rajoy está consiguiendo que no haya casi españoles que quieran a España, porque España ha perdido el respeto en el mundo. Y porque la deriva conservadora del Gobierno quita las ganas de esta España a mucha gente.
Artur Mas tiene que alimentar políticamente un vasto ejército. Demasiada fuerza es casi tan malo como poca fuerza. Sobre todo cuando no hay dinero para pagar al ejército.
Madrid también inunda la calle contra la España de Rajoy: tijeretazos y retrocesos democráticos que cambiarán a peor a esta España malquerida. El “mal catalán” puede ser contagioso si salta el grito de “sálvese quien pueda”. En el horizonte próximo hay elecciones en las otras dos comunidades históricas. España no está de moda: ahora se llevan las mini faldas nacionales. ¡Cuidado con el contagio¡

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