No acabamos de sentirnos seguros, ni de controlar lo que ocurre, ni lo que nos ocurre, ni lo que se nos ocurre. Al menos, no de tal modo que podamos eludir la sensación de que algo no menor nos afecta, se nos escapa, nos desborda, nos inquieta. Alertados ante los hechos, ocurridos o posibles, y ante las noticias que presagian nuevos acontecimientos, una tensión acompaña cuanto vivimos y nos hace encontrarnos en una posición contenida. La sola posibilidad de que todo podría empeorar radicalmente, lo que no se descarta, nos mantiene en una suerte de parálisis preventiva o de movimientos titubeantes. Con apoyo insuficiente, o sin él, suspendidos en la incertidumbre, sin suficiente seguridad, con preocupación e inquietud, sin la requerida tranquilidad, con demasiados asuntos pendientes, siempre estamos de una u otra manera literalmente en vilo. Y una vez más, no todos en la misma medida.
No basta con mirar para verlo, pero tampoco es cuestión de limitarnos a un simple ver. Un pequeño movimiento de lugar o de posición podría hacerlo más contundente, aún más evidente. Y no hace falta tanto desplazamiento. Quienes de una u otra manera habitan cierto desamparo están cerca. Y a veces tampoco es preciso demasiado para comprender que hay a quienes no les afecta ni parece afectarles la compleja situación, al menos de modo determinante. Si todo mejora, no todos siempre mejoran. Si las cosas no van bien, da la impresión de que hay a quienes les alcanza menos. Otros hasta encuentran oportunidad en esa dificultad ajena. Supongo que no la desean, pero crecen en ella, con ella. La actual distribución de las penurias no produce efectos de equidad. Incluso donde se advierten avances, para algunos pasan inadvertidas. No por distracción, ni por poco conocidas sino por, en su caso, inexistentes.
Lo más llamativo del actual estado de cosas es la contundencia con que parecen consolidarse ciertas distancias respecto de lo que sucede. Preocupante. Afectados todos, sin embargo hay no pocos asentados en rescoldos de razonable comodidad. Mientras tanto, quienes están en vilo saben que eso significa estarsobre ascuas. Nadie dice encontrarse bien, pero hay quienes no parecen hallarse mal. No verse radical y absolutamente involucrados no significa que no hayamos de sentirnos implicados o concernidos. Quizás una conversación, un viaje, una lectura, una reflexión, una experiencia, una mirada atenta son suficientes, si fuera preciso, para que brille aún con más contundencia el estado de necesidad que en ciertos ámbitos a tantos alcanza, y de modo inexorable. Saberse privilegiado no es una excusa para la indiferencia. Es una oportunidad para no echar a perder la mirada, para no engañarse tratando de no ver, para no refugiarnos en un diletante sopor.
Sin embargo, es suficiente con tener más cuidado, con caminar con mirada atenta por ciertos circuitos para hallarnos con laextrema carencia y necesidad. Y entonces, lo que podría verse con rostro amable resulta acechante. No es cuestión de huir de ello como de un peligro, sino de asumir que forma parte de la vida que nos procuramos, o se nos procura.
En cualquier caso, la compleja situación no afecta a todos por igual. Ni siquiera de un modo similar o parecido. Lo que para algunos es molestia, incomodidad, o quizá ni siquiera eso, para otros altera radicalmente su existencia cotidiana. Supuestas pequeñas partidas que obligan a andarse con cuidado son en ocasiones y en determinados ámbitos cantidades que distorsionan la organización de la vida diaria. Decir que no es para tanto exige la aclaración de para quiénes.
Que podamos diariamente responder tal vez a las urgencias más inmediatas, que no se agotan en la satisfacción de las condiciones elementales de una cierta cómoda existencia, no impide que no sintamos cómo éstas se ven afectadas en muchos ámbitos, los suficientes para no reducir el bienestar a nuestra propia comodidad. Ya no basta con saberse más o menos privilegiado para sentirse bien.No es sólo un asunto particular. Cuando estamos en vilo, lo estamos colectivamente. Ello no impide la constatación de una cierta soledad.
Más alarmante es cuando la acumulación de pequeños detalles conforman un conglomerado de circunstancias que juntas provocan algo decisivo. Los clásicos griegos insisten en que un accidente es una concurrencia de sucesos o de elementos que coinciden, que pasan a la par, en un mismo tiempo, y que no ha de ser necesariamente así. Pero en ocasiones conforman algo bien esencial, biensustancial. A pesar de no ser inexorablemente así, los incidentes, cuando son coincidentes, son accidentes. Bien se ha señalado que cabe preguntarse a partir de qué cantidad un grano, aunque no haga granero, hace montón.
Al tratarse de la vida cotidiana de los seres humanos, hay una constatación de que determinada acumulación de dificultades, de sinsabores, de carencias, de reducciones comportan un estado de verdadera necesidad. Y no sólo de ánimo. Ello mantiene inquieta la determinación, en vilo la decisión. La incertidumbre viene a ser temor. Y entonces la mirada no se limita a contemplar lo que ya ocurre y nos ocurre, sino que en tensión se suspende en lo que nos espera, la que nos espera. Sobre todo si no lo afrontamos activamente, esto es, sin resignación, para modificar las condiciones de los caminos propuestos, a veces impuestos.
(Imágenes: Pinturas de Alex Colville)
No hay comentarios:
Publicar un comentario