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25 de julio de 2012

Gallardón y la extraña familia


Carlos Carnicero
24 Jul 2012

Los ricos de familia no saben nada de los pobres, salvo que signa con la inercia antigua de la caridad de ropero; en aquellos tiempos no tan lejanos, las señoronas iban a coser a las parroquias para vestir a los que no tenían nada. Ahora hacen rastrillos fingiendo que son criadas por un día. Todo evoluciona para no cambiar.
Digo todo esto por la “violencia estructural contra las mujeres” –concepto acuñado por Alberto Ruiz Gallardón para combatir el feminismo con tesis de sacristía. Recordemos cuando Gallardón, infiltrado tantos años en el grupo Prisa como referente falso progresista de la derecha, lanzó su reforma contra el aborto aludiendo a la discriminación de las mujeres con esa “violencia estructural”. Nunca avanzó mucho en ese concepto, y desde luego no apuntó otra solución que obligar a las mujeres pobres a tener hijos no deseados, dejando abierta a que las hijas de la burguesía recuperaran Londres como mixtificación del turismo y el aborto libre.
Había dos infiltrados en el grupo PRISA que se han destapado en el Gobierno de Rajoy. Como los conversos, están haciendo méritos en la escala integrista del PP. José Ignacio Wert era charlatán de tertulia de referencia de los medios que necesitaban a un liberal de aspecto moderno. Dió el pego a quien no tenía microscopio para detectara los virus de la derecha rancia en operaciones de marketing casero. Ahora ha descubierto que el camino de la excelencia es impedir que los pobres estudien. Como en la época de su abuelo. Todo tiene un aire retro de recuperación de la fiambrera para los niños y que no se les enfríe la tortilla de patata, con poco aceite, para el almuerzo. Las madres que sufren la violencia estructural encima tienen que volver a preparar, de víspera, el almuerzo de los niños porque quitan las becas del comedor escolar para que los niños no engorden. Y tampoco hay guarderías.
Ahora Gallardón ha dado un paso al frente; tal vez para provocar una polémica que alivie la presión de la indignación ciudadana por el tratamiento de la crisis. Los fetos con malformación deberán nacer por imperativo legal. Volvemos a 1975 y nos alejamos también en esto de Europa.
Naturalmente, para combatir esa violencia estructural contra las mujeres, se les obliga a tener niños deformes o con taras, y además se cierran guarderías, se suprimen ayudas a la dependencia y se incrementa el paro de las mujeres. Siempre, las mujeres, doblemente castigadas en toda crisis. Diríase que Gallardón quiere reforzar la violencia estructural contra las mujeres para tener pseudo razones en su cruzada contra la interrupción del embarazo sin ayudar a que las mujeres, por lo menos, recuperen terreno en su doble discriminación.
Tal vez habría que poner una pulsera de seguridad a las hijas de la derecha española para detectar sus viajes a Londres por si se les ocurriera abortar. De esa forma pondríamos a esta caterva de cavernícolas delante del espejo de su propia hipocresía.
En Cuba hay un dicho que es mágico: “lo que sucede, conviene”, en la creencia de que los más aciagos sucesos tienen una vertiente de provecho. Ocurre con Alberto Ruiz Gallardón, este niño predilecto de Fraga que se ha hecho mayor y se ha destapado. Los movimientos feministas tienen una oportunidad de renovar su movilización. Porque ahora las mujeres españolas, además de dar la vuelta a los abrigos viejos para que sus hijos no pasen frío, tienen que preparar la comida en una fiambrera, no tienen guarderías, cobran todavía menos y encima no pueden interrumpir sus embarazados ni cuando el feto sea deforme. Naturalmente que hay violencia estructural contra las mujeres: Gallardón la esta perfeccionando.

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