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6 de julio de 2012

Confesiones de un gilipollas


Isaac Rosa

“Te veo raro”, me dicen los vecinos cuando estos días se cruzan conmigo en el portal. “¿Qué le pasa a tu cara?”, me preguntan los amigos desde hace una semana. Mi mujer también se ha dado cuenta: “Cariño, tu cara, se te ha puesto un poco como de… Bueno, rara…”. No hace falta que me lo digan, ya me veo yo mismo en el espejo: cara de gilipollas, la que se me puso el otro día mientras rellenaba la declaración de la Renta; cara de gilipollas que se me acentuó al entregarla en el banco; y cara de gilipollas que se me está quedando de mármol según pasan los días, con momentos de gilipollez aguda al leer el periódico cada mañana.

La misma cara de gilipollas que le veo a muchos por la calle estos días. Nos cruzamos la mirada, levantamos las cejas como reconociéndonos, “sí, yo también soy un gilipollas”, y luego nos encogemos de hombros y seguimos nuestro camino. Millones de españoles con cara de gilipollas que miramos con inquina a esos otros que no tienen la misma cara sino que, al contrario, van por la calle con cara de listos, y nos dedican una sonrisilla conmiserativa, tipo “ay, pobres gilipollas, pagando impuestos sin hacer ni una trampita, qué pringaos”.

Mi cara a esas alturas ya era de idiota con galones, pero quedaba el golpe de gracia: justo al llegar a la última página, al tiempo que veía la abultada cantidad resultante que me tocaría ingresar para ponerme al día con el fisco, un ojo se me iba hacia el periódico sobre la mesa, cuya portada me informaba de las facilidades añadidas que Hacienda piensa dar a los defraudadores para que pierdan el miedo a la inspección y se apunten a la amnistía fiscal. Todo facilidades, barra libre, sin preguntas molestas, cobrándoles un pellizquito de nada y pelillos a la mar, a seguir defraudando.

Los inspectores fiscales, que consideran un escándalo la amnistía otorgada por el gobierno a los tramposos, dicen que la recaudación tributaria ha caído considerablemente en los primeros meses del año, dejando de ingresar 3.500 millones que no se explican sólo por la falta de actividad económica: también se deben “al desmoronamiento de la conciencia fiscal de los contribuyentes, derivada en parte de la amnistía fiscal, y a la falta de medios e impulso en la lucha contra el fraude fiscal.”

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